macro raro

Batido #1

29.12.2011 s3r raRØ ·57· (publicado en laMundial: 12-08-2004)

¿Quién dice que hay una sola manera de remover el café?
Se puede dar vueltas con la cuchara en el sentido de las agujas del reloj o en el sentido contrario, para empezar.
Pero ¿y si no das vueltas? ¿Y si las que das son raras?¿Y si usas el platito de la taza de tapa y lo agitas, a modo de coctelera?

Desde mi más tierna infancia he practicado el poco habitual arte de "batir" el café, cortado, colacao o lo que hiciese falta remover. Y no es porque se tarde más o menos en deshacer el azúcar. Siempre imaginé a los alborotados y dulces granitos girando alegremente descontrolados y gritando: -¡Me disuelvo, yupiiiii. Me disuelvooooo!-. Nada comparable a lo que se deben aburrir con el método convencional, dando tediosas vueltas alrededor de la taza.
Después puedes entrar en consideraciones varias. Decidir si coges la cucharilla sutilmente con dos dedos o estilo garrulo como si fueras a batir huevos ya no es tan importante. Va con el carácter de cada uno. También puedes tener en cuenta si la mueves de lado a lado horizontalmente, en vertical o con movimiento rotatorio, ya sea circular o elíptico. Son opciones.

Lo importante es que el azúcar se lo pase bien...


Café batido, sonriente y satisfecho... (Foto: CRISH)

 

Batido #2

28.12.2011 s3r raRØ ·60· (publicado en laMundial: 03-10-2004)

En nuestro agitado periplo pasaremos de la cuchara al tenedor y afrontaremos otro dilema: el huevo.
Porque... ¿cómo se debe batir un huevo? ¿Con el borde o con la punta del cubierto?

Recientemente comentaba mi amiga Lourdes al respecto que su madre lo hacía con la punta. El objetivo era minimizar el impacto del metal contra la cerámica del plato con el fin de reducir el consiguiente y desagradable ruido hasta límites tolerables.
Yo nunca había oído hablar de esta segunda opción. Mi auténtica preocupación era no poner perdida toda la cocina en mi frenesí manual. En este caso tomé ejemplo de otra madre; la mía. Recordé que batía los huevos dentro de un vaso, sin importarle la posición del tenedor, evitando así poluciones molestas, amén de comprimir y amortiguar los agudos golpecitos. Todo un descubrimiento.
Por último mencionaré el sistema "Tupperware", que no consiste en otra cosa que introducir los huevos en uno de estos bonitos recipientes, cerrar la tapa hermética y agitarlos enérgicamente a modo de coctelera. El único inconveniente de este sistema es lo incómodo que resulta para fregar.

A día de hoy ninguna variación me resulta plenamente satisfactoria.
No sé. Tantas variantes. Me siento a-batido...


De punta a punta.

 

Batido #3

27.12.2011 s3r raRØ ·62· (publicado en laMundial: 09-11-2004)

Aparte de la batidora, son muchos los pequeños electrodomésticos que uno puede llegar a encontrar en una cocina actual, la mayoría de ellos dotados de comportamientos "circulares" muy semejantes. En algunas casas hay auténticos bosques de maquinitas, frecuentemente inútiles, con una tendencia intrínseca a ser confundidos, arrinconados, olvidados...
Sin ir más lejos, la semana pasada en casa estábamos convencidos de que teníamos exprimidor. Estuvimos buscándolo, pero no; no tenemos. Gajes del consumismo indiscriminado y la "cultura del regalo".

Tomemos un caso verídico.
Conocido "de Rodríguez" que decide hacerse unas hamburguesas. Ya empezamos mal.
¿Tiene picadora? No.
¿Bajará al súper a comprarlas? No.
¿Hay carne en la nevera?... Sí.
Se masca la tragedia.
En un acto de inteligencia notable decide que va a picar la carne con la batidora, también conocida como Minipimer. Hasta aquí todo correcto. Demuestra flexibilidad y recursos. La posibilidad de que el mazacote de carne resultante se quede atrancado, como sucede sistemáticamente durante la operación, es previsible y fácilmente subsanable. Introducir el dedito entre las aspas con el fin de liberar el "bolo" parece una buena idea. Lo que no sabe nuestro sujeto es que todos los pequeños electrodomésticos sin desenchufar tienen tendencia a la mala leche. En el caso que nos ocupa, esta tendencia se convierte en deseo de que el dedo antes mencionado pase a formar parte de la hamburguesa...

Afortunadamente, no hubo que lamentar la pérdida de ningún apéndice. Tan sólo susto, sangre, gritos, la cocina echa un asco, la ropa echa un asco, el teléfono echo un asco, la no ingestión de la hamburguesa pretendida, urgencias y puntos de sutura, entre otros detalles.
Esas Navidades sus compañeros de trabajo le regalaron una picadora.

 

 

 

 

(Gracias a Pep y Lourdes por la historia. Y que a nadie se le ocurra regalarme ningún exprimidor ni licuadora, please)

 

Batido #4.

26.12.2011 s3r raRØ ·105· (publicado en laMundial: 02-08-2006)

“Mezclado, no agitado”, que diría James Bond.

Agitado quedé yo.
Algo tan sencillo como moler café se convirtió en una de las situaciones más caóticas que he tenido que pasar en esta vida (digo “en esta” porque seguro que estoy viviendo en alguna otra dimensión paralela en la que soy un electrón hiperactivo o algo mucho peor…).

A lo que vamos. El Molinillo “Moulinex”…,
… mecagüen su… madre…
¡La que me lió, el muy cabrón! 

Por un simple dedo mal colocado, perdí toda una mañana en limpiar la cocina.
Pasaba con los electrodomésticos antiguos, de esos de cuando los “masters” y los “postgrados” eran simplemente “cursillos”, de cuando uno podía estudiar filosofía sin sentirse un inadaptado, de cuando se podía ir a la playa a tomar el sol en bañador de piscina sin sentirte un “freak”. Este país aún no había sufrido el “boom” del diseño, ni de la ergonomía, ni de los controles de calidad, lo que hacía de esos electrodomésticos unos trastos indescifrables, en el mejor de los casos; insufribles en el peor. Los había peligrosamente mortales y todo.

Un simple dedo era la diferencia entre moler café y enviarlo por toda la cocina y parte del pasillo en pequeñas partículas.
Ponías el café entero, cerrabas la tapa, enchufabas el aparato, lo agarrabas con una mano y le dabas al botón. ¡Alehop! Café molido.
Rectifico.
Ponías el café entero, cerrabas la tapa, enchufabas el aparato, lo agarrabas con una mano, ASEGURABAS LA TAPA CON EL DEDO DE UNA MANO y le dabas al botón con cualquiera que te quedase libre en la otra mano. ¡Alehop! Café molido. 

Pero ese día olvidé poner el dedito de marras. 

Pulsé el botón.
Esnifé café inmediatamente. 

Había polvo de café en mi ropa, en mi pelo, en mis sobacos, entre los dedos de mis pies, en los armarios, en la nevera, en el horno, en el graben de la ventana, en el guante de cocina, en el estropajo, en el frutero, en el pasillo, en el gato (perdón, Cleo, “gata”) que, en su infinita curiosidad, no paró de pasear arriba y abajo, sacudiendo las patitas a cada paso. Café por todas partes, menos en el molinillo.
Inconsciente y lentamente, mi dedo buscó colocarse en la posición que debería haber tenido y, al no encontrar la tapa –que descubrí un buen rato después, encima de un armario–, continuo su camino hasta tocar el fondo del receptáculo, donde apenas quedaban un par de  decepcionantes y decepcionadas partículas marrones.

Ese día no pretendía batir, si no moler, pero seguramente acabé batiendo algún record.
Quizás el de lanzamiento de partícula de café*.
Seguramente el de sentirme imbécil. 

 

(*) Podría ser el récord de distancia, de cantidad, de incrustación en techo y paredes…

Con estos es más seguro.