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Hogar

17.12.2011 s3r raR√ė ¬∑40¬∑ (publicado en laMundial: 13-01-2004)

El otro día estuve sentado delante del hogar hablando con el fuego.

Me estuvo contando que la raz√≥n por la que despiden calorcito es por que todas las hogueras tienen una debilidad: se pirran por las palmas de las manos. Parece ser que prefieren las manos fuertes y curtidas, a las que ofrecen confort y cari√Īo. Supongo que por eso tard√© tanto en encenderlo, por mis putas zarpas blandengues. Me pas√© un buen rato intentando ponerlo en marcha, pero aquello no prendi√≥ hasta que lleg√≥ la abuela, aventando con decisi√≥n a sus ochenta y tantos a√Īos. A ella s√≠ le hizo caso, s√≠...

Pero como todos los fuegos son muy "brasas" no pudo evitar quedarse charlando conmigo. Me explic√≥ que sienten aut√©ntica aversi√≥n a los ni√Īos y los idiotas. Por eso les provocan pip√≠ y les queman siempre que pueden. No hay nada que odien m√°s que un atizador en manos inexpertas. Cuando saltan chispas, es que est√°n mosqueados. Su golpe maestro en esos casos es desmoronarse enviando brasas hasta el centro del comedor, pero s√≥lo lo utilizan en contadas ocasiones. En d√≠as muy malos con enanos muy pesados.

Echan de menos los viejos h√°bitos. Me dijo que se est√° perdiendo la costumbre de llegar a casa y quitarse los calcetines para calentarse los pies. Si se pirran por las palmas, ¬°no os pod√©is imaginar por las plantas de los pies!... Y que la gente ya no hace el amor en una manta delante de ellos. ¬ŅC√≥mo iban a salir bien los ni√Īos despu√©s? No pod√≠a entender c√≥mo la gente pod√≠a sustituir la calidad en favor de suced√°neos tan poco gratificantes como radiadores, estufas o edredones...

Quejas aparte, fue una conversaci√≥n muy agradable, como suele ser habitual con los fuegos. Me levant√©, fui al ba√Īo a soltar una copiosa meadita y al volver a pasar por delante de la chimenea le tir√© una olorosa pi√Īa. Agradecido, la encendi√≥ y desde ella me envi√≥ un par de llamitas que me lamieron la pantorrilla.

 

Paz Palomo

16.12.2011 s3r raR√ė ¬∑41¬∑ (publicado en laMundial: 30-01-2004)

Quer√≠a ser como √ćcaro.

Pau Colom llevaba un mes empujando, haciendo fuerza con las sienes, para que le salieran alas en la cabeza. ¬°Peque√Īitas! No importaba. Unas alitas enanas, como las del casco de Asterix, pero de verdad. Pero hasta el momento tan solo se hab√≠a provocado una magn√≠fica migra√Īa que amenazaba convertirse en cr√≥nica.
Antes lo intentó con la espalda. Meses de dolor en las cervicales, hasta que se quedó definitivamente enganchado mientras se abrochaba las botas. La lumbalgia le confinó a posición fetal durante más de una semana.
Cada día, cuando volvía del trabajo a casa con el dolor, el cansancio y la frustración acumuladas, le esperaban todas las palomas de su barrio colgadas del cable, y le preguntaban:
-¬ŅPara cu√°ndo te vienes con nosotras, Pau? ¬ŅA√ļn no te han salido?
Y √©l las miraba con odio. Con ese odio profundo que nace de la envidia. S√≥lo consegu√≠a divertirlas a√ļn m√°s si cabe. Segu√≠an riendo y riendo mientras se alejaba, murmurando imprecaciones.
-Ya os pillaré, putas. Ya os pillaré.
Por las noches so√Īaba que pod√≠a volar. Que volv√≠a locas a todas esas cabronas, a base de incordiantes loopings y cabriolas. Alguna noche particularmente surrealista incluso lleg√≥ a consumar una matanza de ratas con alas, en un festival de sangre estampada contra las aceras...

Ocurrió una tarde que, cuando se alejaba de las risotadas de las palomas, una de ellas se adelantó hasta una cornisa y soltó una cagada que le pasó a centímetros de la cara para estrellarse en el suelo entre sus pies, obligándole a detenerse.
-¬°Guarra! ¬°Casi me das!
-As√≠ no vas a conseguir tus alas -dijo ella, sin hacer caso de su irritaci√≥n-. Esc√ļchame, idiota. Tienes que dejar de so√Īar esas barbaridades. Jam√°s volar√°s si nos matas en sue√Īos.
-¬ŅY a m√≠ qu√© co√Īo...? -empez√≥ a decir √©l.
-Somos tu referente. Las que te vamos a ense√Īar -le volvi√≥ a cortar-. ¬ŅO te piensas que cuando tengas las alas te vas a poner a hacer virguer√≠as? Sin nosotras no vas a aprender. Nadie nace sabi√©ndolo todo. Despu√©s hay que curr√°rselo.
-Pero...
-Mira, pat√°n -continu√≥-. Si quieres tus alas, nada m√°s f√°cil. Bajando esta calle, al fondo a la derecha, ver√°s la porter√≠a de aquel edificio con la fachada azul. ¬ŅLo ves? ¬ŅY ves la nube que hay justo encima? ¬ŅEsa que tiene forma de cabeza de conejo, como el logo de Playboy? Pues entras en el edificio, coges el ascensor y subes a la azotea. Cuando est√©s arriba le pegas dos gritos a la nube. Ya bajar√° ella a buscarte. All√° te dar√°n las alas. Las que t√ļ quieras.
Pau se había quedado petrificado, con el cuello vuelto hacia arriba, mirando a la paloma en la cornisa.
-¡VENGA! -le gritó ella mientras echaba a volar.

Se despert√≥ de golpe, sorprendido y confundido por el s√ļbito aleteo.
El coraz√≥n le lat√≠a, enloquecido. Se incorpor√≥ un poco, quit√°ndose las lega√Īas. De repente not√≥ una presencia a su lado. All√≠ estaba ella, posada en la cornisa de la ventana de su habitaci√≥n, mir√°ndole.
-¬ŅVes como es f√°cil? -le dijo.
√Čl notaba un cosquilleo en los pies. Levant√≥ las s√°banas y vio c√≥mo le estaban creciendo plumas en los tobillos.
-En un par de horas te habrán desaparecido ya las piernas. Es el precio que hay que pagar. Esto del volar es irreversible. Hay que quemar las naves para seguir adelante. Luego te vengo a buscar y empezamos las clases -y saltó de la ventana, volando hacía un grupo que reposaba en una antena del edificio de enfrente.
Antes de llegar se detuvo en el aire, miró hacia abajo, entrecerró un ojo, esperó un instante y soltó una cagadita.
-¡Ahí va! -gritó.
Y sus compa√Īeras de la antena silbaron en tono descendente, mientras segu√≠an con la mirada el proyectil.
¬°Chop!
-¬°... MECAG... la... PU... QUE LA... PARI√ď...! -Se oy√≥ abajo en la calle.
Todas la palomas se alejaban, aplaudiendo la punter√≠a de su colega. Ella le mir√≥ y gui√Ī√≥ un ojo.
-¬ŅC√≥mo te llamas? -grit√≥ √©l.
-Paz. Me llamo Paz Palomo.


... al fondo a la derecha...

 

Socavón. (CRaCK en el pavimento)

15.12.2011 s3r raR√ė ¬∑42¬∑ (publicado en laMundial: 19-02-2004)

De repente estaba en el suelo.
Algo hab√≠a fallado bajo sus pies y ahora estaba tumbado boca abajo, como si se hubiese tirado a la piscina. La rodilla le dol√≠a. Se dio la vuelta y se levant√≥ la pernera del pantal√≥n, sentado en el asfalto h√ļmedo.
- Lo siento -se oyó una voz.
El hombre mir√≥ a su alrededor, mientras se agarraba la rodilla y apretaba los dientes de dolor. Hab√≠a un extra√Īo silencio alrededor.
- De verdad. Lo siento. No he podido apartarme.
La voz procedía del hoyo que había provocado la caída.
- Es un problema que tenemos. Os vemos venir despistados pero no podemos hacer nada para evitarlo. No tenemos mucha movilidad, ¬Ņsabes?
Pero... ¬°hablas! -contest√≥-. ¬ŅPor qu√© no me avisaste?
- Lo hice.
- ¬°Pero no te o√≠! ¬ŅPor qu√©? ¬ŅPor qu√© no te o√≠?
- ¡Y yo que sé! Sólo soy un socavón.
- Eso... eso debe ser que -hablando para él mismo-... a lo mejor... en estado de shock podemos captar...
- ¬°Deja de divagar, pringao! -dijo una cornisa rota cercana.
- ¬°Eso! ¬°Que se calle! -a√Īadi√≥ una tapa de alcantarilla medio abierta.
- ¬°Prin-gaaaa-o! ¬°Prin-gaaaa-o! -cantaban a coro las baldosas movidas y las grietas.
Alguien le empez√≥ a levantar del suelo. Ve√≠a su cara como en una bruma que se iba aclarando y la algarab√≠a de la calle volv√≠a progresivamente a invadir sus sentidos. Las vocecitas fueron desapareciendo, pero a√ļn pudo escuchar al socav√≥n de fondo:
- No les haga caso, se√Īor. Son unos maleducados... -dec√≠a, con media sonrisa de disculpa.

(...)

- ¬ŅSe encuentra bien? -le dijo el desconocido amable.
- Esto... sí. Me duele un poco la rodilla. No es nada. Gracias.
- En esta ciudad hay que ir con cuidado. Est√° el suelo hecho un asco.
- Sí...


¬°Prin-gaaaa-o! ¬°Prin-gaaaa-o!

 

Fulgurita

14.12.2011 s3r raR√ė ¬∑45¬∑ (publicado en laMundial: 26-03-2004)

Estaba abrazada a un √°rbol, desnuda.
Era un roble. Tenía la barbilla apoyada en la rugosa corteza mientras miraba al sol que se colaba entre las hojas. Pensaba en la paliza de kilómetros que se habían dado los rayos de luz que rebotaban a su alrededor. Pasaban cada vez más despacio, demorándose complacidos de que alguien los apercibiese.
De repente uno de ellos casi se detuvo ante sus ojos y le habló, rápidamente.
-El otro día, un coleguita mío, un relámpago, se dio un talegazo contra la playa -y continuó su camino hacia el suelo.
Extra√Īada, se solt√≥ suavemente del √°rbol y fue a coger su vestido, que reposaba hecho una bola encima de un pedrusco. El mismo rayo volvi√≥, reflejado de no se sabe d√≥nde; rebot√≥ en la piedra y le acarici√≥ la mano.
-Se ha quedado enganchado en el suelo. ¬ŅPuedes pasar a ver si necesita algo? -dijo apresurado.
-Bu... bueno. Si lo encuentro... -medio tap√°ndose con el arrugado trapito.
-Seguro. Ah√≠, al lado del maaaaaaaaaaaaaarrrrrrrrr... -a√Īadi√≥, mientras se alejaba definitivamente.

(...)

Llevaba un rato buscando en la arena. Los bolsillos del vestido estaban llenos de papeles arrugados, conchas, colillas, piedras-cristal de colores, incluso un auricular con el cable arrancado y la esponjita desmenuzada.
Pero ni rastro del rel√°mpago.
De repente un pez saltó fuera del agua.
-¬°Yep!
Se quedó tumbado del lado derecho, saludándole con la aleta.
-¬°Jelou, ni√Īa! (¬°Mierda de arena! ¬°Se me mete en el ojo, co√Īe...!). Tendr√°s que mojarte los pies. Ha subido un poco la marea.
-¬ŅPara qu√©?
-¬ŅNo est√°s buscando una fulgurita? Cay√≥ un par de metros hacia dentro, m√°s o menos a la altura a la que estoy yo (¬°No! Viento no, por favor. El otro ojo no, joder...). Devu√©lveme al agua y te echo un cable.
-Pero estoy buscando un rel√°mpago.
-Pues eso. Una fulgurita. Los relámpagos son efímeros y nerviosos, no como esos rayos de luz viajeros. Si tienen suerte, chocan contra el suelo y funden la arena a su alrededor. Fabrican una especie de tubito hueco y vidrioso. Piensan que se puede quedar dentro.
-¬ŅLo piensan?
-¬ŅTe dije que son ef√≠meros? ¬ŅY un poco capullos? Tanta mala leche hace que se acaben enseguida. S√≥lo queda el cacho-piedro fundido. Y muy rara vez... ¬°Vamos! ¬°Al agua! ¬°Que me quedo tuerto, jod√≠a!
Ella, con un poco de reparo, intent√≥ devolver el pez al agua con la punta del pie, con tan mala fortuna que no lleg√≥. El pobre pez choc√≥ contra la arena h√ļmeda.
-¬°Aauuh! -se quej√≥ mientras se lo llevaba adentro una ola que pasaba por all√≠- ¬ŅNo tienes manitas, bonita?
-Los peces me d√°is un poco de asco, lo siento. Yo me llevo bien con los √°rboles, con el viento...
-Sí, sí. Vale, venga. Estaba por aquí -se puso a nadar en círculos, parpadeando para quitarse los restos de arena de los ojos-. Métete ya.
-¡Está fría!
-¡Mira, ahí está! No. Es una piedra. A veeeer...

Ahí se quedó ella, con el mar por la cintura, hablando con un pez, los dos mirando el fondo, los dos buscando...

 

 

 

 

 

Lechatelierita, amorfa (vidrio silícico natural), puede formarse cuando un relámpago cae en una arenisca pura de cuarzo (en fulgurita = Blitzroehre -alemán-) o en cráteres de meteoritos. (Foto: axxon.com.ar)

 

Asfalto

13.12.2011 s3r raR√ė ¬∑46¬∑ (publicado en laMundial: 02-04-2004)

El patio de colegio estaba asfaltado.
El polvo y el barro, tan necesarios para los ni√Īos, hab√≠an sucumbido tiempo atr√°s a la iluminaci√≥n del Sr. Director. El objetivo era erradicar la suciedad en las batas y los ara√Īazos en las rodillas.
Pero el tiempo traicion√≥ al Sr. Director. Ahora los ni√Īos no llevan polvo; se hacen polvo.

Las batas ya no se ensucian. Se rasgan.
Las rodillas ya no s√≥lo se ara√Īan. Se rompen.

Los granitos del asfalto no tienen la culpa. Lo que quieren es jugar. Son garrulillos. Cuanto más nuevos, más jóvenes y juguetones. Huelen bien y la sensación al pisar es sutilmente blanda y cómoda.
Pero el tiempo no perdona. Habla con ellos y les recuerda que nadie les hace caso, que nadie les cuida y que se juega en ellos, no con ellos. La decepci√≥n acaba haciendo mella. Algunos se desprenden y acaban confundi√©ndose entre las piedras. Otros se quedan, pero debido a su frustraci√≥n se vuelven afilados y agresivos. Hacen caer a los ni√Īos en sus socavones y, en su af√°n por reclamar su atenci√≥n, les golpean y les desgarran.

No es culpa suya, insisto. No tienen mala intención. Solamente quieren jugar.


Holaaaaaaa!!! Queremos jugaaaaaaar!

 

Chispa, el pedernal domesticado

12.12.2011 s3r raR√ė ¬∑48¬∑ (publicado en laMundial: 27-04-2004)

Cleo estaba agazapada en una esquina de la cornisa de la chimenea, con los ojos fijos en la puerta de la entrada.

"A ver si hay suerte hoy", pens√≥ Chispa, un pedernal decorativo que compart√≠a el espacio con una figurita de terracota, un par de fotos, una caja llena de nueces, un trofeo de petanca y un reloj kistch que hac√≠a a√Īos que no funcionaba.
Cada ma√Īana el mismo ritual. La gata esperaba a que alguien apareciese dormido por la puerta y, acto seguido, iniciaba su r√°pido eslalom entre los objetos. Jam√°s toc√≥ nada. Jam√°s cay√≥ nada al suelo. S√≥lo los rozaba con su cola, acarici√°ndolos. Ese animal ten√≠a mucho talento.

Y cada d√≠a la piedra so√Īaba lo mismo. So√Īaba que un error de Cleo la hac√≠a caer.

Caía despacio y, al tocar suelo, salía una chispa. Veía a través de esa chispa como si fueran sus ojos, a modo de viaje astral. Inmediatamente se lanzaba encima de los restos de la hoguera de la noche anterior que, descuidados, estaban peligrosamente cerca de los flecos de la alfombra. Aprovechando el primer fogonazo los alcanzaba.

Ahora miraba la habitación desde la llama. Era cuestión de llegar a las patas de las sillas, prender la tapicería y saltar a las cortinas. Desde allí todo era más fácil. Subiría hasta el alféizar de la ventana, haría estallar los vidrios y se encontraría con su amada Rosa de Pitiminí, siempre tan lejos y distante. Podría abrazarla y acariciarla para ennegrecerla poco a poco, multiplicando su belleza mientras la iría consumiendo...

En ese momento se abri√≥ la puerta. Cleo esper√≥ un segundo y inici√≥ su carrera, mientras una voz lega√Īosa espetaba:
    -Maldito gato hijodep...
No toc√≥ nada. Nada cay√≥ al suelo. Sigui√≥ saltando enloquecida por la habitaci√≥n, huyendo de su due√Īo, que intentaba atraparla con su sonrisa de fingido enfado, su pelo enmara√Īado y su pijama.

Desde su cornisa, sinti√©ndose in√ļtil y domesticada, Chispa miraba al alf√©izar de la ventana, en la otra punta de la habitaci√≥n. All√≠ segu√≠a Rosa, esper√°ndole mientras re√≠a con las piruetas de Cleo, que se dejaba alcanzar, jadeante, para recibir su recompensa en caricias.